¿Quien fue Eduardo Abaroa Hidalgo?

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Eduardo Avaroa tuvo como maestro y preceptor a un español residente en Atacama, sin embargo siendo todavía un niño apareció colaborando a su padre en las fatigosas labores de la explotación minera en Atacama. Se especializó como Tenedor de Libros, sin embargo era más minero que contador, procuraba en sus negocios no ser engañado y no engañar a nadie, fue un hombre que se hizo a sí mismo.

Contrajo matrimonio con la distinguida dama Irene Romero, de cuya relación nacieron 4 hijos: Amalia, Andrómico, Eugenio y Eduardo, éste último a la muerte del héroe, contaba todavía con pocos años de edad. Su hogar fue una fuente de amor y paz, como dice un historiador chileno “un venturoso hogar”, buen marido y mejor padre. Las pocas funciones públicas que ejerció fueron las de Concejal de la Junta Municipal de Atacama. Debido a su recia e imponente personalidad, no había proyecto de obra que no le sea consultado para su ejecución, sin embargo rechazó en varias oportunidades el nombramiento de la función de Subprefecto de Atacama que le ofrecieron varios gobiernos despóticos.

En Avaroa se daban los rasgos de la aristocracia ciudadana, del hombre de bien, y de profunda convicción democrática, pues el rechazo a los nombramientos que le hicieron gobiernos autocráticos, refleja su recia formación cívica ciudadana. Avaroa ha demostrado que se debía primero a su Patria, que al servicio a algún déspota (de los que han llenado nuestra historia). El asalto chileno a Antofagasta y la retirada de las autoridades y funcionarios bolivianos del territorio invadido, sorprendió a Avaroa en Calama, pueblo al que había viajado por negocios mineros, pues hacía pocos meses que se había descubierto en sus cercanías riquísimos depósitos de minerales, en el asiento minero denominado “Inca”, que atrajo a los industriales de la minería para su explotación.

Avaroa era de estatura elevada, de recia musculatura, con un físico atlético que le daba un porte imponente, parecía irradiar salud, como es típico de la gente que trabaja en contacto con la naturaleza. De frente alta y límpida, cabello castaño oscuro, ojos azulados de mirada suave, dentro del arco de cejas pobladas, una nariz romana, entre pómulos carnosos. Su rostro terminaba en una barbilla tipo Segundo Imperio, sobre los labios carnosos un bigote que al reír mostraba una dentadura firme y blanquecina. Sus manos huesudas, de dedos largos conformaban unas manos de hombre de trabajo y acción.

Su mirada tranquila y firme, reflejaba su espíritu de entereza y bondad y a la vez un fuerte temperamento. Caminaba con la cabeza ligeramente inclinada adelante, con paso lento y seguro que le daba un aspecto de gravedad. Su voz varonil reflejaba su carácter resuelto y sereno a la vez. Si bien parecía un hombre de vida reservada y cautelosa, contrastaba a la vez con una suerte de impulso autoritario, que imponía en sus discusiones y negocios, como se impuso a sus victimadores en su hora de gloria. Su conversación era siempre seria, a veces irónica y hasta sarcástica, hacía gala de una gran viveza castellana.

Su vestimenta comenzaba con un sombrero de alas anchas, ladeado hacia la izquierda, que le deba un cierto aire de coquetería masculina. Un cuello almidonado con una corbata en forma de rosa, un paletó de solapas pequeñas con muchos botones, dentro un chaleco de felpa negra con botones blancos. Pantalones anchos como estaba de moda en ese tiempo, zapatos sin puntera. Una gruesa cadena de oro pasaba sobre el chaleco y remataba en su bastón vertical y sencillo, como una vara, ese era su atuendo cotidiano, del munícipe y vecino de Calama.

La región de Calama nos pinta un paisaje rodeado de inmensa soledad, el pueblo estaba construido en un vallecito entre los contrafuertes del macizo Andino y el canto de las aguas del río Loa, gravita, como dice Gustavo Adolfo Otero en su libro “Abaroa”, sobre el valle, donde las casuchas forman el pueblo que vive del comercio y actividades relacionadas con la explotación minera, que incitó la codicia de Chile. La plaza del pueblo en medio de las calles principales donde tienen sus casas los vecinos notables, más allá el corregimiento, era el punto de contacto entre la tierra sembrada en alfalfa y el mar.

El historiador chileno Vicuña Mackena dice: “cuando el intrépido Avaroa pasó el angosto río por una viga, allí se hizo fuerte para defender el puesto de honor que se le había confiado”. Ladislao Cabrera relata en su parte oficial: “Llevé también con esa columna 12 rifleros al mando del segundo jefe don Eduardo Avaroa”. Avaroa en la banda opuesta del río, descarga los tiros de su rifle, da la impresión que son muchos los que disparan, o que Avaroa tiene un asistente que le provee las armas cargadas, pero es el solo que dispara y dispara, entonces -como relata Mackena- el chileno Souper le intima rendición: Ríndase... Avaroa se yergue cual columna de acero y responde: ¿rendirme?... que se rinda su abuela ¡c...!, una descarga de fusilería cerrada le hiere y entrega su vida a la gloria.

Vicuña Mackena relata el hecho y dice: “De suerte que cuando vio aproximarse del lado del Topáter la avanzada del Alférez Quezada, hacia las 6 de la manaña, un mozo de Calama, Eduardo Avaroa, cubierto por la enramada, recibió a fusilazos a los chilenos desapercibidos. Quezada volvió bridas con presteza y fue entonces que un poco más tarde, el taimado calameño, que no quiso desamparar el puesto que se le había confiado a su honor, cayó peleando como león enfurecido, hasta que el hijo de Carlos Souper le atravesó con su espada”.

A la noticia de la muerte de Avaroa, Ladislao Cabrera, en su parte de batalla desde Canchas Blancas, le dice al Ministro de Guerra: “Nada se sabe del Tcnl. Delgadillo, ni del segundo jefe de rifleros Eduardo Avaroa; sin embargo respecto al segundo, se dice que fue fusilado después de prisionero, si esta fatal noticia se confirma, habría que vengar este nuevo crimen”.

Eduardo Zubieta dice que Avaroa cargaba tres rifles, que le pasaba un criado suyo, y el tiraba con serenidad, destreza y precisión, como un ejercicio del tiro al blanco”. En una carta que se publicó en esa época en Salta, se dice: “No abandonó su rifle al caer, lo sostenía con la mano izquierda, los chilenos se precipitaron sobre el caído herido y moribundo le intimaron rendición, y fue entonces que él profirió: que se rinda su abuela... en documentos de Eduardo Zubieta, Ricardo Ugarte y de Lizartdo Taborga, éstos últimos testigos presenciales de la batalla de Calama, autores de folletos sobre este hecho de armas y relatado por José Vicente Ochoa, inspirado en los primeros.

Como anota el Crnl. Chileno Villagrán, Avaroa murió en la forma heroica que se conoce, según datos proporcionados por el hermano del héroe, el 23 de marzo de 1879, a las 8:30 de la mañana, a la edad de 39 años, 7 meses y 27 días. Su cadáver fue recogido por las tropas enemigas y se lo sepultó silenciosamente en el cementerio del pueblo de Calama a las 4 de la tarde de ese día.

Para este trabajo se consultó los libros:

Abaroa, semblanza de la guerra del Pacifico, Ochoa José Vicente, Bolivia, 1892.
Manifiesto sobre la expedición al litoral boliviano, Crnl. Flores Rufino. Bolivia, 1880.
Abaroa, Otero Gustavo Adolfo, editorial Harnó Hermanos, 2da. Edición, La Paz, 1927.
Calendario Histórico de la cuestión del litoral boliviano, Cárdenas del Castillo Eric, La Paz, 2007.

Por Eric Cárdenas del Castillo
Redacción Central - 2010 © / El Diario / La Paz - Bolivia
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Aun no compre hojas en blanco para escribir mi biografía, pero de todos modos tratare de apresurarme.

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